Música en hora punta

La vida en el transporte público es un mundo paralelo. Los hay que defienden que no hay nada como ir en coche disfrutando de la calefacción, de un servicio door to door, de espacio personal y un largo etcétera. Pocos de los que van en tren a diario disfrutan de la experiencia. Pero hay veces que ocurren cosas mágicas.

Aquella tarde era fría, húmeda y estresante. Gente corriendo a todos lados, sin mirar alrededor, recorriendo caminos habituales como si fueran autómatas. “Dejen salir antes de entrar, maleducados” decía una señora con bastón al salir del vagón. El sentido común en situaciones de tensión es mezquino y la estupidez humana no tiene límites. Empujones en hora punta. Parecía una película sobre la guerra de Esparta y Atenas, todos corriendo sin importar a quién se llevaran por delante.

No había mucha más gente que otros días. Lo habitual. El ambiente estaba cargado y en las caras se veían las ganas de regresar a casa tras la jornada laboral. El olor tampoco era agradable, el que se puede esperar después de estar fuera de casa desde por la mañana. Pocos hablaban. La mayoría iba concentrada en sus móviles, en sus lecturas o echando una cabezadita (los afortunados que habían conseguido poner su pica en un asiento durante la batalla). Podía escucharse el ritmo de la música que salía de algunos auriculares y alguna que otra conversación: “mañana tengo que llamar a Miguel. No sé dónde habré puesto las dichosas facturas” comentó un señor trajeado.

El tren paró, como es habitual, en la estación. Tras diez minutos de espera, sonó una voz por megafonía: “este tren no presta servicio, por favor desalojen”. Lo que era casi silencio se convirtió de pronto en barullo atronador. La gente quería llegar a su destino y eso resultó ser una mala noticia. Todos fuera del andén, apretujados, veían con frustración que el tren no se movía. Algo iba mal. “Estoy harto de las averías” apuntaba un chico mientras se echaba las manos a la cabeza. “No creo que sea una avería… Por ahí vienen los del Sámur” comentó el señor al que le angustiaban las facturas de su trabajo.

Alguien se había tirado a las vías. Algo habitual, desgraciadamente, que ocurre con más frecuencia de lo que podamos imaginar. Hasta que no llegara el perito, ni el cuerpo ni el tren podían moverse así que otra voz por megafonía avisaba: “Señores pasajeros, lamentamos las molestias. Esta vía queda suspendida durante tiempo indeterminado. Pueden ustedes esperar o coger una ruta alternativa. Pregunte en los puntos de información. Gracias por su paciencia”.

De nuevo, el revuelo aumentó y la masa de gente comenzó a moverse y dispersarse. Daba la sensación de que a nadie le importaba lo ocurrido. La prioridad de la mayoría era llegar a casa. Muchos estaban enfadados y retomaron la batalla del Peloponeso.

Muchas de las personas que estaban en aquel tren tomaron la misma ruta alternativa. Su destino sería el mismo o muy cercano. Si en el primer tren las caras eran largas, en este segundo eran más oscuras todavía. Pero se alinearon los astros y sucedió algo maravilloso que relajó esos rostros de angustia y estrés.

Dos chicos con guitarras y un micrófono entraron al vagón. Nadie les hizo mucho caso en un primer momento. La música callejera es algo que forma parte de la vida diaria en el tren y nadie les prestó la mínima atención. Hasta que empezaron a cantar. Absolutamente todo el mundo apartó la vista de su teléfono, dejó de charlar e incluso los que estaban dormidos levantaron la cabeza. Solo se oía al tren marchar y la música de los dos jóvenes.

Aplaudieron eufóricamente y pidieron otra, como si se tratara el bis de un concierto. Los chicos aceptaron encantados. Las lágrimas salían de los ojos de algunas personas. Aquellos muchachos habían conseguido placar la ira de los guerreros espartanos. La emoción se iba contagiando. Algo mágico en aquel lugar que todos consideran una pesadilla.

Después del duro día y de los retrasos, me salté la parada en la que tenía que bajarme. Fue mágico.

María Gil Moro

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