Holi Malasaña 2017 tiñe el centro de color

Y de repente, una explosión de color… A la altura del cruce de Gran Vía donde se encuentran los grandes almacenes de C&A iban riendo cuatro chicas con sus camisetas estaban impregnadas de color. Un rosa, azul, verde y amarillo intenso cubría la piel de su cara, sus brazos y también sus ropas que se intuían blancas bajo todas esas capas de color. Pero no eran las únicas, detrás iba una familia con el mismo aspecto. Según uno se adentraba en el barrio de Malasaña, cuyo acceso es contiguo a la Gran Vía, iban viéndose más y más personas con piel y ropas teñidas, como si de un ejército o movimiento se tratase.

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Bailarinas de la academia Masala

El punto de encuentro de este ejército era la Plaza de la Luna, un pequeño emplazamiento rodeado de antiguas tiendas, un café e incluso un gimnasio que antaño fue una sala de cine.

En el centro de la plaza unas 600 personas rodeaban un escenario principal en el que un grupo de mujeres realizaba un curioso baile exótico al ritmo de una música que recordaba al lejano Oriente. Había personas de todas las edades. Desde la más anciana que parecía ser una mujer en silla de ruedas cercana a los 90 años, hasta a un recién nacido que dormía en un carrito bajo la vigilancia de su madre. Todos, sin excepción, reían y bailaban al compás de la música del escenario. Curiosamente, muchos de ellos portaban unos pequeños vasitos de plástico de no más de 25 centilitros de capacidad en cuyo fondo había una especie de arena de color. Parecía ser el “arma” que utilizaban para decorar sus caras y cuerpos.

 

Toda esta apoteosis de color no fue porque sí, era necesaria para celebrar el Holi. Es una fiesta tradicional de la cultura hindú que se celebra en la India, Nepal y algunas comunidades de origen indio del Caribe y Sudamérica con el objetivo de dar la bienvenida a la primavera. Bien es cierto, que cada vez está más implantada en Occidente y se ha desligado de su significado principal. Se hace en cualquier momento del año con el pretexto de pasar un buen rato al abrigo del color y la música. Así ocurría aquí, todos cantaban, bailaban y arrojaban colores. Pero a pesar de los inusuales 28º grados para la fecha y del ardiente sol que parecía hacer mella en muchos de los asistentes que se aplicaban crema protectora, no era primavera.

La celebración se alargó 4 horas, durante el transcurso de las cuales más de 100 bailarines de diferentes academias realizaron con esmero los pasos que llevaban preparando durante todo el año para el evento. Todos vestían pañuelos de colores como no podía ser de otra manera en esta ceremonia.  Una de las bailarinas, afirmaba: “Llevo ya 7 años participando con la academia de baile Masala para la Holi de Malasaña y me encanta. Aquí hay gente de todas las edades, todos pueden participar”.

Los bailarines no eran los únicos que ofrecían espectáculo, incluso algunos de los asistentes entre el público se animaron. Cuatro hombres de color que llevaban toda la mañana bailando frente al escenario principal se decidieron a subir y convertirse en el centro de atención. Los fotógrafos se agolparon frente a ellos, no solo por sus originales pasos de baile sino porque los colores verdes, azules, rosas y amarillo que lucían en su piel morena ofrecían un bello contraste digno de cualquier revista de fotografía. Eran el perfecto reflejo del Holi, aire exótico, fiesta y color.

Uno de ellos afirmó entre risas “Nosotros somos africanos, llevamos el baile en la sangre”.

Pasaban siete minutos de la una de la tarde cuando, de repente, llegó el momento culmen de la ceremonia. María, que además de bailarina parecía ser una de las encargadas del evento se acercó al micrófono saltando y sonriendo y exclamó “¡Vamos a empezar con la primera tirada de colores!”.

Donde antes había bullicio y gente hablando en altas voces ahora había silencio. Por alguna razón no escrita el momento de lanzar los colores fue especial, casi como en los originales rituales hindúes. Aunque tal vez de otra manera. No tenía una connotación religiosa pero sí de algo parecido a la hermandad. Cuando tiraron los colores todos se sintieron uno.

Los polvos volaban de un extremo de la plaza al otro, el naranja, el rosa, el verde, el amarillo, todos se juntaron en una sinfonía de cromatismo que cayó sobre los asistentes. Podían respirar el color, sentirlo sobre su propia piel. Pigmentos de rosa en las pestañas, motas de azul en los labios, amarillo en los hombros y naranja entre los dedos, ni un centímetro de su cuerpo quedó sin cubrir.

Estas esperadas tiradas de colores estaban programadas cada hora hasta el fin del evento. A las 13:00, 14:00,15:00 y 16:00. Pero gustaron tanto a los asistentes que se comunicó por los altavoces que se harían cada media hora. Toda la plaza enloqueció y lo celebró como no, arrojándose más color.

Tan animado como el escenario principal eran los alrededores que lo rodean. El café Moon estaba lleno de personas sentadas en sus mesitas blancas. Algunos miraban la fiesta ajenos y con extrañeza y otros acudían manchados de colores a comprar botellas de agua para reponer las energías que habían gastado con tanto baile. En el extremo contrario de la plaza, al lado de la comisaría de policía había unos pequeños puestos con collares, pulseras y bolsos, todos eran artesanos y no había uno igual que otro. Cinco mujeres que pertenecían a una asociación de ayuda para los niños de Calcuta los vendían. Muchas personas observaban los objetos y los palpaban para comprobar su textura. Dos mujeres comentaban la belleza de un pañuelo azul con motivos étnicos mientras que otra compraba un collar hecho de cuentas de madera verdes. Todas las recaudaciones irían para los niños de Calcuta.

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Comercio solidario

El Holi anima el barrio de Malasaña, le da vida y ayuda a gente de diferentes lugares, situaciones e incluso generaciones a compartir algo común y a ser solidarios. Es algo más que una simple fiesta.

A las cuatro de la tarde, el evento ya se terminaba y todo iba volviendo a su ser. Los bailarines que ocupaban el escenario se fueron marchando poco a poco junto con el resto de la gente. La Plaza de la Luna se quedó vacía como todos los domingos a esa hora. Pero este domingo era diferente, no era como los demás domingos. Esta vez el suelo lucía cientos de colores.

Paz Guadamillas Sánchez.

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